De nuestros estatutos.

El Seminario Mayor Interdiocesano "Cristo Rey", situado en Montevideo, Uruguay, es una comunidad humana, eclesial y educativa a la que la Conferencia Episcopal del Uruguay (CEU) le ha confiado la tarea de formar a los futuros pastores del pueblo de Dios (cf. PDV 60-61; OT 4).
Fue erigido el 21 de febrero de 1880 por el Siervo de Dios Mons. Jacinto Vera, primer Obispo del Uruguay.
La finalidad de este Seminario es la formación integral de los futuros pastores de las Iglesias locales del país.

Especial: 25º Aniv. sac. de Mons. Milton Tróccoli.


Con motivo de las Bodas de Plata sacerdotales de nuestro Rector, Mons. Milton Tróccoli, decidimos realizar una "cobertura especial", ofreciéndoles diversos materiales a los que estamos accediendo. Esta cobertura se realizará a través de las entradas comunes del blog, así como una página especial en las pestañas superiores.

Comenzamos compartiendo un álbum con imágenes de la ordenación.
Para verlas haga click aquí. 







25 años de sacerdocio de los obispos Fajardo y Tróccoli junto a sus compañeros.


Tomado de Noticeu


En la Catedral de Florida y Santuario Nacional de la Virgen de los Treinta y Tres,  el miércoles 8 de mayo, los sacerdotes que fueron ordenados por el hoy Beato Juan Pablo II, celebraron sus 25 años de ministerio sacerdotal.
A los pies de la Patrona de los uruguayos, los sacerdotes, entre los que se encuentran dos Obispos, Mons. Arturo Fajardo, Obispo de San José de Mayo y Mons. Milton Tróccoli, Obispo auxiliar de Montevideo, recordaron aquella tarde del 8 de mayo de 1988 cuando Juan Pablo II, en el estadio Campeones Olímpicos de la ciudad de Florida, mediante la imposición de sus manos, los ordenó presbíteros.
La celebración fue presidida por el Obispo de San José de Mayo, Mons. Arturo Fajardo y concelebrada por la mayor parte de los Obispos uruguayos.
La predicación estuvo a cargo del P. José Luis Morillo, sacerdote salesiano y actualmente Director del Colegio Juan XXII en la ciudad de Montevideo, el cual recordó algunas vivencias y experiencias de aquella tarde.
Mons. Milton Tróccoli, al finalizar la celebración, agradeció a todos quienes hicieron posible la celebración, “…hemos venido como peregrinos en este día a agradecer al Señor, a los pies de la Virgen María y agradecer con las palabras de la Virgen ‘proclamar la grandeza del Señor’, que obra maravillas y nos ha regalado este don del ministerio sacerdotal”. “Agradecer con toda la ciudad de Florida estos 25 años de la visita de Juan Pablo II, en aquellos días que los ojos mundo miraban esta ciudad, que tuvo la alegría de recibir a un santo, escuchar sus palabras, su voz, su prédica y que presidiera la Eucaristía”, acotò.
El Obispo Auxiliar de Montevideo tuvo palabras de agradecimiento hacia el Intendente de Florida, Carlos Enciso, quien acompañó la celebración junto a varios representantes de familias religiosas y fieles laicos de la ciudad de Florida.
Mons. Tròccoli compartió, asimismo, un saludo escrito enviado por el Nuncio Apostólico en Uruguay, Mons. Anselmo Guido Pecorari  en el que expresa su saludo a los sacerdotes por este aniversario y pide la protección del Beato Juan Pablo II. Concluyó su acción de gracias, presentando a los sacerdotes que se hicieron presentes en Florida en esta jornada, y que fueron ordenados en aquella ocasión por el Papa Juan Pablo II, en su segundo viaje apostólico a Uruguay, hace 25 años: el P. José Luis Morillo sdb, el Pbro. Lázaro Porto, Párroco de Santa Bernardita en Montevideo; el Pbro. Jesús Soca, que sirve a la Parroquia de la Floresta; el Pbro. Eliomar Carrara, Párroco de la Parroquia Nuestra Señora del Rosario de Pompeya en Montevideo; el  Pbro. Edgardo Rodríguez ,de la Diócesis de Mercedes que está en este momento colaborando con una Diócesis en Bolivia y el Pbro. Gustavo Melgar, de la Diócesis de Minas.


Celebramos las Bodas de Plata sacerdotales de Mons. Milton Tróccoli.

El pasado viernes 10 de mayo, tuvimos la gracia especial de poder celebrar la Eucaristía, junto a toda la Iglesia uruguaya, en acción de gracias por los 25 años de sacerdocio de nuestro Rector y Obispo Auxiliar Mons. Milton Tróccoli, aniversario que había cumplido el miércoles 8 de mayo. 




La Misa, tuvo lugar en la Parroquia san Carlos de Borromeo, situada muy próxima a nuestro seminario y fue presidida por Mons. Milton, gracias a un gesto muy generoso de nuestro Arzobispo Mons. Cotugno, quien también estuvo presente, junto a varios obispos del Uruguay y numerosos sacerdotes.

Fue una celebración muy emotiva, en la que se contó con la participación de mucha gente, representando a toda nuestra Iglesia, para agradecer todo el servicio y la entrega de Mons. Milton en estos años.

Fue muy significativa y expresiva, la homilía que Mons. Milton nos compartió, en ella él agradeció a Dios por la obra que hizo en él y a tanta gente que lo ha acompañado y ha sido instrumento de Dios en su vida. Dicha homilía será próximamente publicada.

Agradecemos mucho a todos los que nos acompañaron en la celebración, ya sea físicamente presentes o desde la oración, y nos seguimos comprometiendo a orar por Mons. Milton y por todos nuestros pastores, para que sus corazones se configuren cada vez más al de Cristo Buen Pastor.

Para ver más imágenes haga click aquí.


Homilía de Mons. Milton Tróccoli en su 25º Aniversario de ordenación sacerdotal.

En primer lugar quiero darles a todos las gracias por participar hoy de esta Eucaristía. 
Gracias a nuestro Arzobispo Mons. Nicolás Cotugno sdb que ha tenido la delicadeza de cederme la presidencia de esta misa, gracias a Mons. Scarrone que me recibió en el Seminario y fue mi director espiritual por largos años, también a Mons. Wirz quien fuera mi párroco cuando estuve como seminarista en la parroquia del Reducto, a Mons. Sanguinetti mi primer párroco como sacerdote, a Mons. Romero que acompañó como párroco de la Aguada mis primeras experiencias pastorales como seminarista, a Mons. Sturla sdb, mi hermano menor en el episcopado, con quien compartimos la misión pastoral auxiliando la diócesis. 
Gracias a todos mis hermanos sacerdotes y diáconos aquí presentes, compañeros de camino en la aventura de llevar a Cristo a todas las vidas y rincones de nuestra geografía. Al P. Elizaga párroco y motivador de mi búsqueda vocacional en el sacerdocio. 
Gracias a todos ustedes, a los que están, a los que se han hecho presentes a través de llamadas o de mails, a los que viven en tierras lejanas y se han unido en la oración. 
Como sabía que en esta ocasión por la emoción me iba a costar hablar, hice una oración que quiero compartirles, esta será mi homilía. 

“Señor, hace 25 años, junto con otros hermanos te decía que sí. Sí quiero!
En realidad no era fruto de un mérito mío, sino respuesta a tu Sí generoso, al llamarme a la existencia, al llamarme a la fe, al llamarme al ministerio sacerdotal. 

Cuando lo pronuncié no estaba solo. Lo hice junto a otros compañeros de camino, estaban también mis padres, mi familia, obispos, presbíteros, diáconos, y muchas hermanas y hermanos queridos con quienes compartimos el camino de la fe en distintas comunidades parroquiales. 

Ese no era el punto de llegada, sino un nuevo comienzo, un envío para servir, partiendo el pan de la Palabra, el pan de la Eucaristía, el pan de la misericordia, para todo el pueblo de Dios. 

Fue un sí dado ante el Sucesor de Pedro, el querido Beato Juan Pablo II, quien vino a confirmarnos en la fe, y en la alegría del anuncio del Evangelio. El nos habló del sacerdocio como amistad, servicio y consagración. Amistad con Cristo que nos llama amigos y nos confía su intimidad, servicio al Pueblo de Dios,  y consagración de toda nuestra vida al Señor. 

Tú, el Buen Pastor, me pediste que ensanchara el corazón. Y así entraron muchas comunidades: Sta. Rita (Maroñas), S. Vicente de Paúl (Barrio Puerto Rico), Ntra. Sra. de la Merced, (con varios retornos), Virgen de Pompeya, Iglesia del Santísimo Sacramento (HH Esclavas), el Seminario Interdiocesano, donde de nuevo estoy con alegría. 

La Vicaría Pastoral me pidió una nueva apertura, colaborar con el obispo para velar por el anuncio del Evangelio en toda la Arquidiócesis. Agentes pastorales, miembros de la Vida Consagrada y de Movimientos y Asociaciones, la pastoral vocacional, el Diaconado Permanente, fueron poblando el ministerio sacerdotal. 

Luego las responsabilidades crecieron, y quisiste hacerme partícipe de tu Sumo Sacerdocio, regalándome nuevos compañeros de camino, y más hermanos y comunidades para servir. 

Hoy llego a tu presencia y veo ensanchada mi geografía y mi corazón. Nuevas fronteras y nuevos horizontes. 

Resuenan en mi corazón las palabras del Sto. Cura de Ars: si uno conociera la grandeza del sacerdocio moriría no de miedo sino de amor! 

Hace 25 años sentía la llamada para ser portador del rostro misericordioso del Padre, para anunciar a tiempo y a destiempo la Palabra de Vida y Reconciliación, el deseo inmenso que todos te conocieran y se alegraran de encontrarse con el Evangelio. 

Hoy estos sentimientos están intactos, y no por mis fuerzas, ni por mi bondad, sino por tu gran Amor.

Tú conoces mi debilidad, mis cansancios, mis límites a la hora de emprender grandes propósitos. 

Y yo conozco tu Amor entrañable, tu misericordia, tu bondad, tu generosidad sin límites, tu paciencia que siempre nos espera. 
Siento el llamado a renovar el sí, acompañando, apacentando, bendiciendo. Siendo testigo de la misericordia y esperanza del Buen Pastor Resucitado.

Cuántas veces dije basta, es mi tiempo, tengo que dedicarme a mis gustos, y proyectos. Y en cada una tu presencia amiga me desinstaló, me hizo salir de mí. Tu Amor pudo más. Tu Palabra quemó mis huesos, para que no dejara de anunciarla. 

En cada Eucaristía están presentes tantas vidas, (“padre rece por mí”…) que se unen a Tu Vida entregada por amor.  Tú dejas en nuestras débiles manos tu inmolación de Buen Pastor, el precio de las almas, la garantía de la gloria de Dios y de la salvación del mundo. ¿No vale la pena aceptar cualquier sacrificio y renuncia a cambio de ser consecuentes con este amor que lo da todo y que por ello puede exigirlo todo? (JPII)

Gracias por la posibilidad de ejercer el ministerio de la reconciliación. Que don tan grande ser portador de tu misericordia, que hermoso poder llevar la paz a mis hermanos. 

Gracias por tu Iglesia, por esta gran familia, para cuyo servicio recibí el ministerio. 

Gracias por tantos hermanos y hermanas, comunidades y compañeros de camino que han sido y son signo de tu rostro amigo. Gracias por todos los que me ayudaron a educar el corazón para amar de verdad. 

Hoy vuelvo a poner en manos de María, tu madre, nuestra madre, el ministerio sacerdotal. Que ella siga ocupando su lugar en esta  “casa” del sacerdocio ministerial, que siga con su amor tierno y fiel, sosteniendo mi entrega. 

Hoy renuevo mi entrega para ser tu instrumento, me pongo en tus manos, para bendecirte y alabarte, para servir a mis hermanos con renovada alegría y esperanza. 
Tú que comenzaste esta obra buena llévala a buen término.” 

                                                        Amén. 



CELEBRACIÓN EUCARÍSTICA Y ORDENACIONES SACERDOTALES

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

Florida (Uruguay)
Domingo 8 de mayo de 1988
Tomado de vatican.va



“No me habéis elegido vosotros, 
sino que yo os he elegido a vosotros” (Jn 15, 16). 

1. Jesús pronunció estas palabras mientras cenaba con sus Apóstoles reunidos en el cenáculo antes de la pasión. Eran “los suyos” (Ibíd. 13, 1),  aquellos a quienes había llamado uno a uno (Mc 3, 13-19),  y cuyos nombres hemos escuchado en la primera lectura de la liturgia que ahora estamos celebrando.

“No me habéis elegido vosotros, sino que yo os he elegido a vosotros”.

Son palabras que llegan al corazón, porque Jesús las pronuncia hoy y aquí, en medio de nosotros, queridos hijos y hermanos. Se dirigen, en primer lugar, a los que vais a recibir la ordenación sacerdotal; por la imposición de manos y la oración recibiréis el don del Espíritu Santo que os consagrará a Dios para siempre, configurándoos con Cristo Sacerdote, ministros suyos “para que podáis obrar como en persona de Cristo Cabeza” (Presbyterorum Ordinis, 2). 

Estas palabras van dirigidas también en este día a cuantos por el sacerdocio ministerial, obispos y presbíteros, participamos jerárquicamente del sacerdocio del mismo Cristo y estamos al servicio de la Iglesia, especialmente de la Iglesia en Uruguay.

Saludo al obispo de esta diócesis y a todos los hermanos en el Episcopado, en particular al Pastor y fieles de la vecina diócesis de Canelones, que acaba de cumplir su XXV aniversario de fundación.

Quiero saludar con sincero afecto a todas las personas aquí presentes, a todo el Pueblo de Dios, a la Iglesia que peregrina en vuestras tierras y que estoy visitando estos días como Pastor de la Iglesia universal.

2. Mis queridos hermanos: En nombre y en presencia de Cristo Resucitado nos reunimos hoy para celebrar la Eucaristía. Esta es una ocasión particularmente solemne, pues en ella tiene lugar una ordenación sacerdotal. Nos acompaña además como testigo de excepción, la Purísima Virgen de los Treinta y Tres, Patrona de vuestra nación, Madre cariñosa de cada uno de los uruguayos. También yo he querido hacerme peregrino, junto con vuestro pueblo, para postrarme a sus pies aquí en Florida.

Hoy nos reunimos en cenáculo con María para celebrar una ordenación sacerdotal. Es para mí motivo de particular alegría saber que todos los aquí presentes estáis espiritualmente unidos al Papa en la oración y ofreciendo también a Dios estas primicias de juventud que serán prenda de futuras vocaciones sacerdotales y de fidelidad generosa por parte de quienes se preparan para el sacerdocio.

Cristo se dirigió en el cenáculo a los que había escogido para que fueran ministros de la Eucaristía y les dijo aquellas palabras que después de tantos siglos todavía conmueven nuestros corazones: “Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando” (Jn 15, 14).

¿Qué es lo que Jesús manda hacer a sus discípulos? ¿Qué es lo que el Señor nos dice a todos nosotros y especialmente a vosotros, que os preparáis para recibir la ordenación sacerdotal?

Pues bien, Jesús nos transmite su mandamiento de amor, para que nosotros, sus ministros, sirvamos a los hermanos como el Buen Pastor, incluso dando la vida por ellos si fuera necesario: “Este es el mandamiento mío: que os améis los unos a los otros como yo os he amado” (Ibíd. 15, 12).  Es un mandato que nos da a modo de herencia en la víspera de su inmolación en la cruz. Nuestro sacerdocio es participación y ejercicio de esta amistad profunda de Cristo Sacerdote, que ofrece su vida de acuerdo con los designios salvíficos del Padre sobre la humanidad. Por el sacramento del orden sagrado, Cristo os hará “partícipes de su propia consagración y misión”, que es “unción del Espíritu Santo” (Presbyterorum Ordinis, 2).  Cristo os va a comunicar su amistad, una unión con El tan singular, que sus palabras serán vuestras y vuestras palabras serán suyas, su Cuerpo será vuestro y vuestro cuerpo será suyo. En vuestras manos encontraréis todos los días el signo más fuerte de la eficacia de vuestro ministerio: el pan y el vino transformados en el Cuerpo y Sangre de Cristo. Seréis así instrumentos principales de su victoria sobre el pecado y la muerte, para manifestar su justicia en medio de esta nación y hasta los confines de la tierra.

3. Cristo nos llama a ser servidores y dispensadores de la Eucaristía como un día llamó a los Apóstoles en el Cenáculo de Jerusalén. Nos llama a ser portadores de la amistad divina a todos los hermanos y, ¿cómo no recordar que esta amistad es una llamada a entrar en la intimidad de Cristo para vivir personalmente del misterio de su encarnación y redención?

Debemos adentrarnos más y más en el misterio eucarístico de Cristo, esto es, de entrega al sacrificio, llevados sólo de su amor. Y, como sacerdotes de la Nueva Alianza, hemos de celebrar este misterio como pacto y sacrificio de amor bajo signos sacramentales, es decir, bajo las especies de pan y vino, conforme a la institución del Señor durante la última Cena.

Si celebramos este sacrificio de Cristo, que es el sacrificio del Hijo de Dios hecho hombre, es que somos amigos suyos de un modo particular, pues sólo a los amigos íntimos se confía aquello que constituye la expresión y el fruto del propio amor, lo más querido. En efecto, Jesús deja en nuestras débiles manos su inmolación de Buen Pastor, el precio de las almas, la garantía de la gloria de Dios y de la salvación del mundo. ¿No vale, pues, la pena, aceptar cualquier sacrificio y renuncia a cambio de ser consecuentes con este amor que lo da todo y que por ello puede exigirlo todo?

4. “No os llamo siervos... A vosotros os he llamado amigos” (Jn 15, 15). 

Precisamente porque somos amigos del Señor y Redentor del mundo, hemos de ser los servidores del Pueblo de Dios. Por esto nuestro sacerdocio, sin dejar de ser jerárquico, es sacerdocio ministerial, es decir, de servicio. Nuestra misión es la de “servir a Cristo, Maestro, Sacerdote y Rey” (Presbyterorum Ordinis, 1),  que se prolonga en la Iglesia y nos espera en los hermanos, particularmente en los más necesitados.

Nosotros, queridos ordenandos, no somos ministros de la Iglesia para servirnos de ella, sino para servirla sin esperar premios ni ventajas temporales. Somos ministros y heraldos del Evangelio, que debemos predicar “a tiempo y a destiempo” (2Tm 4, 2)  –como recomienda San Pablo– con toda fidelidad, en comunión con el Magisterio de la Iglesia. Se os encomienda la fe del pueblo cristiano, para que lo instruyáis en la verdad del Evangelio y en el camino de la salvación. Para santificar de veras al pueblo –especialmente por la celebración de los santos sacramentos, la vida litúrgica, la oración– debéis presidir los divinos misterios según las normas de la Iglesia, uniéndoos con la ofrenda de Cristo por la salvación del mundo. Vuestra alegría más profunda, por ser “gozo pascual” (Presbyterorum Ordinis, 11),  es y será siempre la de pertenecer totalmente a Cristo que os ha llamado, que os envía, que os acompaña y que os espera en los hermanos. “Os he llamado amigos porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer” (Jn 15, 15).  Como cristianos, y especialmente como sacerdotes, somos fiduciarios y transmisores de la Palabra que viene de Dios vivo. Es la Palabra del Padre, pronunciada eternamente en el amor del Espíritu Santo. Es el Verbo Encarnado, hecho hombre en las entrañas de la Virgen María, presente en los signos pobres de la Iglesia. Es la Palabra del amor más grande que existe: “En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Hijo único para que vivamos por medio de El” (1Jn 4, 9). 

¡Vivir por El y para El! Ese es nuestro ideal y nuestra razón de ser como sacerdotes, según sus palabras en la última Cena: “Vosotros daréis testimonio, porque estáis conmigo desde el principio” (Jn 15, 27).  Dios nos ha enviado a su Hijo para que tuviéramos vida abundante, gracias al sacrificio de la cruz, gracias a la Eucaristía que nos alimenta y santifica.

5. ¡Queridos hermanos y hermanas, todos los que me escucháis, todos los que vivís en esta tierra uruguaya! “¡Dios es Amor!”. Vuestra vida será verdaderamente humana y cristiana si se hace donación a imitación de Dios Amor.

¡Queridos hermanos en el sacerdocio ministerial! Vosotros los que hoy recibís la ordenación sacerdotal y también vosotros, los que con abnegación y sacrificio trabajáis en la viña del Señor: Habéis de ser testigos de este Dios que es Amor y que en Cristo su Hijo se manifiesta como el Buen Pastor que da la vida por amor. Debéis ser servidores del amor que Dios infunde en nuestros corazones por el “sello” indeleble del Espíritu de amor, en nombre de esta amistad con la que Cristo os ha marcado, no declinéis esta hermosa incumbencia de ser servidores del Amor.

Cuidad la unidad de la familia cristiana en la caridad, buscad la oveja perdida, alentad al débil, con paciencia, sabiendo que también vosotros estáis expuestos a la debilidad, aunque seáis sacerdotes (cf Hb 5, 2). Vuestra tarea es inmensa. Estáis en el centro del diálogo de la salvación, entre Dios y los hombres. Por eso, la fidelidad del sacerdote es signo de la fidelidad de Dios que ofrece su gracia en la Iglesia, Esposa de Cristo. Poned en El toda vuestra confianza, porque El os ha elegido y os ha destinado para que vayáis y deis mucho fruto y vuestro fruto permanezca (cf. Jn 15, 16). 

Os encomiendo a Jesús, Buen Pastor, por mediación de su Madre, que es también nuestra Madre. Que Ella os acompañe en todo momento. Recurrid a María, confiaos a su protección, pues el Señor desde la cruz nos la entregó como Madre en la persona del discípulo amado. «Que cada uno de nosotros permita a María que ocupe un lugar “en la casa” del propio sacerdocio ministerial, como madre y mediadora de aquel “gran misterio” (cf. Ef 5, 32),  que todos deseamos servir con nuestra vida» (Carta a los sacerdotes con ocasión del Jueves Santo, 25 de marzo de 1988). 

6. Y después de este mensaje sacerdotal, me dirijo ahora a todos los aquí presentes, para compartir la alegría de sentirnos Pueblo de Dios bajo la mirada maternal de María y ante la imagen santa de la Purísima Virgen de los Treinta y Tres.

En este domingo memorable, lleno de gozo pascual, yo, Sucesor del Apóstol Pedro en la sede de Roma y huésped vuestro, lanzo mi llamada a esta tierra uruguaya gritando con las palabras del salmista a todos los aquí presentes y a cuantos en el Uruguay están unidos espiritualmente a nosotros: “Cantad al Señor un cántico nuevo” (Sal 98 [97], 1).  En Cristo Resucitado, “el Señor ha dado a conocer su salvación” (Ibíd. 2),  anunciando la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte.

Tal como acabamos de proclamar, asociando nuestras voces al canto del Salmo, “el Señor ha revelado a los pueblos su justicia” (Ibíd.).  La justicia del Padre no es otra cosa que su misericordia y su fidelidad en todo tiempo y en favor de todos los pueblos; es la salvación que nos ha dado en su Hijo Jesucristo y que nosotros ya hemos recibido. Nosotros ya hemos conocido que esta salvación y justicia de Dios se expresan en el amor, porque Dios es Amor.

7. “Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios” (Sal 98 [97], 3).  También a esta tierra uruguaya, desde hace siglos, se ha revelado la justicia salvadora de Dios, por medio de la predicación de la Iglesia. En medio de vosotros se ha proclamado el perdón que viene de Dios el cual comunica su amor, su misma vida y a todos llama a participar de su propia santidad. Los hijos y hijas de esta tierra ya caminan desde hace siglos en la luz de Cristo.

“Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios” (Ibíd.).  Esa victoria de Cristo Resucitado, vencedor del pecado y de la muerte, brilla en la Purísima Virgen María. Ella misma lo proclamó en las palabras del Magníficat: “Dios mi Salvador... ha puesto los ojos en la humildad de su esclava... ha hecho en mi favor maravillas el Poderoso, Santo es su nombre” (Lc 1, 47-49). 

Con vosotros contemplo esta imagen de María Inmaculada, que es vuestra Patrona, y veo en Ella la victoria de nuestro Dios. María es para nosotros “el signo inmutable e inviolable de la elección por parte de Dios” (Redemptoris Mater, 11).  De esta forma, también en nosotros se cumplen las palabras proféticas que brotaron de sus labios: “Desde ahora todas las generaciones me llamerán bienaventurada” (Lc 1, 48). 

Sí, esta imagen nos pone en ininterrumpida conexión con las generaciones de vuestro pueblo que han ensalzado a María, que han acudido a su protección, que se han dejado guiar por su ejemplo. Esta imagen de la Virgen es una llamada y a la vez un signo de la presencia de la Madre de Dios desde los origines de vuestra nación. Gracias a Ella, ¡cuántas familias han mantenido la unión y el amor!, ¡cuántos jóvenes han encontrado su camino vocacional!, ¡cuántas personas han recuperado la paz y la serenidad!

Su talla en madera de vuestros montes es fruto de esta tierra uruguaya. Manos indias la labraron y trajeron por estos parajes. Amor de indios, blancos y mestizos, le hicieron una pequeña hornacina y le ofrecieron sus tierras. Ahora es ya como un memorial de la historia de cada uno de vosotros, de cada familia, de todo el Uruguay.

Esta imagen nos trae a la memoria la devoción de vuestros mayores a la Madre de Dios, así como su fidelidad al Evangelio y a la Iglesia. Recordamos a vuestro prócer nacional, José Artigas, que puso bajo la protección de María a las poblaciones de Carmelo y Purificación, y que en los últimos años de su vida os dejó el testimonio humilde del rezo cotidiano del santo rosario.

Vosotros bien sabéis que la historia de vuestra patria está ligada a esta santa imagen. Con su mismo nombre, “La Virgen de los Treinta y Tres”, el pueblo ha querido recordar a los héroes que se pusieron bajo su amparo. Por esto, con toda razón, los uruguayos la ensalzan como Estrella del alba y la proclaman Capitana y Guía por las sendas de la paz y el amor.

8. María Santísima, que llevó en su seno a Cristo, Sacerdote y Redentor, nos invita a apreciar este gran don que nos dejó Jesús: el ministerio sacerdotal. Por esto, amad a vuestros sacerdotes, orad por ellos y encomendadlos a la Virgen. Escuchad sus enseñanzas, acercaos a recibir la vida de Cristo en los sacramentos, especialmente en los de la reconciliación y de la Eucaristía.

Vuestro pueblo, lo sabéis bien, necesita más sacerdotes. Esta preocupación por el fomento de las vocaciones sacerdotales espera la solidaridad de los laicos, ya que ha de ser tarea de todos los bautizados. Pedid pues a María que el Señor os envíe santos sacerdotes: que vuestras familias y comunidades eclesiales sean el ambiente adecuado en que se escuche el llamado de Dios y vuestros hijos se sientan alentados a seguirlo.

Vosotros, jóvenes, pedidle al Señor que os haga oír su voz, que escuchéis el llamado que os tiene quizá reservado a vosotros. Haced de vuestra vida un seguimiento del Maestro y sed generosos en darle vuestro corazón. Y si os llamara al sacerdocio o a la vida consagrada no temáis, confiad en El, que es el amigo que nunca defrauda.

Jesucristo es el Maestro que nos enseña la verdad sin engaño y el amor auténtico. El Señor no quiere comunicarnos menos de lo que El tiene: “Os he dicho esto, para que mi gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea colmado” (Jn 15, 11).  No tengáis miedo. El os llama al gozo y felicidad verdadera, y os señala el camino seguro. El os da la fuerza. Acudid a El en la oración. Escuchad su palabra. Recibid el perdón de Cristo y la gracia de la conversión por medio de la confesión frecuente. Alimentaos con la Eucaristía.

Uníos, queridos jóvenes uruguayos, para renovar vuestra patria en un esfuerzo común de solidaridad, de honestidad, de verdad y de amor. Poneos al servicio de los demás, especialmente de los pobres y de los que sufren.

A todos los que moráis en estas benditas tierras os invito a hacer de vuestras vidas un testimonio de la victoria de Cristo Redentor que, desde la Cruz, nos entregó a su Santísima Madre para que fuera también Madre nuestra.

Visitas del Beato Juan Pablo II al Uruguay.

Compartimos un informe de Canal 10, recordando las visitas del Beato Juan Pablo II al Uruguay. La calidad del video no es buena, pero vale la pena verlo.




1ª Misa como sacerdote.

Compartimos imágenes de la primera Misa de Mons. Milton Tróccoli como sacerdote.
Para ver más imágenes, haga click aquí.